viernes, 24 de julio de 2020

Mi Amigo el Nadador

Había entrenado natación entre los cinco y los dieciséis años, acumulando muchas medallas y copas, Sin embargo, demasiado entrenamiento y la soledad cuando uno nada, me habían dejado chato. Más adelante me dediqué con bastante intensidad a deportes que me entretenían mucho más.  pool, ping-pong y raquetball.

Luego de más de 20 años sin nadar, en esas vueltas de la vida, me tocó acompañar a mi hija a su entrenamiento de natación. Ahí estaba en la piscina temperada del mismo Estadio en el que había nadado a los 5 años. Con cierta curiosidad y evocando los buenos momentos (que también los hubo), nadé algunas piscinas.

Ya en el camarín observé a un niño de unos 12 o 13 años, delgado, de piel muy blanca,  que se secaba el cuerpo con una lentitud poco habitual. Su  expresión facial era neutra.

De pronto, de la nada, me miró  y con voz grave, modulando lentamente me dijo: “
- Te vi nadar”. 
-¿Ah sí? le respondí con una sonrisa de oreja a oreja mientras mi pecho se inflaba orgullosamente.
- Nadas pésimo!, me dijo con toda calma y claridad.
Apelando a mi supuesta madurez y superando la molestia, le pregunté: 
- ¿Y porqué dices eso?
- ¡Porque no sabes patalear! me dijo alzando un poco el tono de voz.
Ahora si que me sentí retado, pero mi curiosidad pudo más respecto de este personaje y le volví a preguntar: 
- ¿Y cómo se patalea?
- ¡Hay que mover las piernas y tú no las mueves!, dijo ya con un claro tono de enojo.
- ¿Y cómo se mueven las piernas? continué con un  dejo de paternalismo
Mira, las piernas son el motor. Yo te voy a enseñar, acércate.
Aún cuando se trataba de un niño, me sentía intranquilo, así que me acerqué con recelo.
Medio tapado por una toalla empezó a mover las piernas de un modo nada convincente para mi.
Sin muchas ganas de seguir con la conversación, terminé de vestirme y antes de llegar a la puerta, me preguntó: 
-¿Cómo te llamas? 
- Juan, me llamo Juan, respondí… 
- ¿Y tú, cómo te llamas? 
- Cristóbal, me dijo, con un leve tartamudeo. Yo vengo de martes a viernes  las cuatro y media y te puedo enseñar a patalear, me dijo.
- Bueno, …. puede ser, tal vez la próxima semana, le respondí sin atreverme a decirle que no tenía muchas ganas de  encontrarme con él nuevamente.

Por motivos que no recuerdo, no fui a la piscina las siguientes tres semanas, cuando nuevamente, luego de nadar,  me encontré con él en el camarín. Lo miré distraídamente, casi como que no lo conociera y para mi sorpresa, Cristóbal tomó nuevamente la iniciativa al señalarme con el brazo que me acercara.
Me hice el que no entendía y me repitió el gesto varias veces, hasta que no pude hacerme más el tonto. Me acerqué a él tratando de parecer lo más natural posible.
- Sí, ¿dime?, le pregunté amablemente.
- Debo contarte que competí este fin de semana en un campeonato interescolar.
- Ah, qué bien! Y ¿Cómo te fue?
- ¿Cómo que cómo me fue!, exclamó muy molesto elevando la voz. ¡Parece que no entiendes lo que te digo!, volvió a la carga mientras se llevaba las manos a las caderas reforzando su expresión de malestar.

Nuevamente había sucedido: ahí estaba yo, todo amable siendo retado nuevamente por un niño desconocido por algo que no comprendía.
- ¿Por qué me preguntas eso? - continuó - te acabo de decir que el campeonato es el próximo fin de semana!!
- Disculpa!, escuché que el campeonato había sido el fin de semana pasado, el ruido de las calderas me impidió escucharte correctamente.
- No, te dije que será el próximo fin de semana, repitió lentamente.
Un rato después se despidió diciendo:
- Adiós ¿Pedro?, 
- Juan, le dije, me llamo Juan. Adiós Juan.
- Adiós Cristóbal, nos vemos, le dije con un dejo de cariño, en respuesta a su interés en despedirse por mi nombre.

Se trataba de nuestro tercer encuentro. Me sentía particularmente contento ese día. Había nadado 1.000 metros, con ganas y sentía que iba mejorando la velocidad y la resistencia. Me senté en la gradería para secarme y descansar un rato.
Y de pronto lo vi nadando. Le puse atención. La verdad es que no me impresionó su estilo ni su pataleo, más bien que tenía mucho que aprender. Me dio lástima su falta de criterio de realidad.
Otros nadadores veloces dejaban atrás repetidas veces a mi amigo, quien seguía nadando lentamente, dando vueltas y vueltas. Algunos empezaron a jugar y otros se salieron, pero él seguía nadando, siempre lentamente y con su estilo, vueltas y vueltas.
Me acordé de mis cortas conversaciones con él y de su interés por la natación. Recordé también mis diez años de entrenamiento, mi estilo, los premios y mis motivaciones Lo miré y de pronto, me empezó a cambiar la mirada.
Estaba frente a un nadador, pero no frente a un nadador cualquiera que buscaba algún tipo de éxito. Estaba frente a un verdadero nadador. Todo encajó al evocar el cariño con que Cristóbal se refería a la natación. Cristóbal amaba nadar! Nadar era parte de su sentido de vida. Le gustaba el agua, mover los brazos y patalear. Me conmoví fuertemente..

Con la sensación de haber descubierto algo importante, me fui al camarín donde nuevamente encontró algún motivo para retarme. Me dijo que se había ganado dos medallas y que le debían una. Yo ya no experimentaba tensión alguna. Hasta se me soltó una conducta lúdica. Quedamos de mostrarnos las medallas la próxima semana.

Pasaron algunas semanas, meses y años y no volví a ver a Cristóbal. Había escuchado que las personas con síndrome de down viven pocos años. Pensé que tal vez mi amigo Cristóbal ya no estaba en este mundo.

Adiós Cristóbal, gracias por tu amistad. Gracias por enseñarme a mirar con otros ojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario