sábado, 25 de julio de 2020

En poco tiempo más (tú le pones la fecha)

Con unos amigos del colegio nos  encontrábamos virtualmente todas las semanas. Un grupo curioso, tanto por su permanencia a lo largo de años, como por la creatividad de los temas que tratábamos. Además todos parecíamos cuidar al grupo, atendiendo a escuchar a los demás y a suavizar las posiciones cuando alguno levantaba el tono. No había un tema central y seguramente los motivos para participar eran diversos, pero era un grupo ordenado y siempre alguien ponía algún tema. Seguro que nos necesitábamos, porque siempre terminábamos superando las dificultades que se nos presentaban.

A veces, por puro gusto, nos regalábamos encuentros presenciales y nadie se los perdía. Tomábamos desayuno en una cafetería, Ese día, en medio de la habitual buena onda, uno de ellos comentó  que quería leernos un cuento que había leído temprano en el periódico. En vista de su insistencia y luego de asegurarnos de que no era  muy extenso, accedimos. Comenzó a leer con entusiasmo no disimulado. Se titulaba: "En poco tiempo más (tú le pones la fecha)".


Por primera vez en la historia, una delicada capa de piel humana había cubierto el planeta. Debido a la inercia de los procesos, todo pareció seguir igual y durante un tiempo se siguió actuando en forma aislada.. De pronto y no se sabe en qué momento preciso, los seres humanos empezaron  a tomar conciencia de sí mismos, ya no como individuos, sino como especie. Vieron su destino e identificaron aquello que los hacía crecer y aquello que dificultaba su crecimiento.. La violencia en cualquiera de sus formas se empezó a experimentar como asco, se tornó intolerable. Ahí empezó todo.

Se comprendió que el bienestar de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos, no tenía sentido ni futuro, ya que el sufrimiento en un punto afectaba a todos los demás. El progreso material y espiritual debía ser para todos. Pasó a ser fundamental el cuidado, pero también el crecimiento del conjunto. Lo que se venía escuchando desde hace siglos, pero con escasa práctica, se transformó en una experiencia que fue la base para los cambios que sobrevinieron. 

Ahora se veía muy sencillo y las generaciones más viejas se preguntaban cómo no se había caído en cuenta antes. Transformaciones estancadas durante siglos, se llevaron adelante en dos o tres años. No requirió mucho tiempo ni complicaciones superar la pobreza en el todo el mundo. Con la ayuda de la tecnología, se logró garantizar una buena calidad de vida para todos. Esto incluyó el acceso gratuito a un buen sistema de salud para todos y a una educación también gratuita para todos. También resultó muy fluido el cambio de emplazamiento respecto del medio ambiente. El cuidado del planeta en general y de la flora y fauna se volvió una prioridad ya que se trataba del necesario cuidado de la casa, indispensable para el desarrollo de la conciencia.

Lograr una educación de calidad tomó un poco más de tiempo, porque se necesita definir qué era “lo humano”.  Menos mal que continuando lo que ya venían investigando durante la última década, un grupo desconocido, con predominancia de mujeres y jóvenes venían dedicándose al estudiar de las relaciones entre la ciencia y la espiritualidad. El nuevo nivel de conciencia aceleró también estos trabajos que terminaron con un informe que se viralizó y que fue la base de la nueva educación. En su introducción señalaba que la educación debía partir por revisar la concepción del ser humano, es decir, que definía a lo humano y para dónde iba. Más adelante proponía:

“El ser humano tienen como dirección  transformar al mundo y transformarse a sí mismo, sin límites. Coherentemente, la educación deberán orientarse a generar las condiciones para que las nuevas generaciones tengan una mirada crítica respecto de sí mismos y de la sociedad. En este sentido, será necesario dejar atrás la violencia del pasado en que se educaba para que los jóvenes se convirtieron en útiles para preservar el sistema existente.

Se deberá proveer acceso libre a la información, promover la libertad de creencias y rechazar toda discriminación y violencia. Se promoverá que los estudiante desarrollen sus virtudes, conecten y se capaciten en la descripción de sus emociones, pensamiento, acciones y en su sexualidad”. La moral no vendrá impuesta desde afuera, sino que estará dado por el registro de crecimiento personal l a los demás”. 

Esto, que se veía imposible incluso de plantear hasta  hace poco tiempo, encajó sin problemas. Los estudiantes dejaron de ser pasivos receptores de información y junto con sus profesores desarrollaban formas de aprendizajes mutuas, que por efecto de demostración iban recorriendo el planeta.

Al mismo tiempo, florecieron culturas que estaban casi extintas e incluso algunas volvieron a nacer luego de haber desaparecido a manos de culturas más violentas. Culturas muy distantes empezaron a entenderse. La poesía, la música y el arte en general se tomaron las calles. Lo mismo que la filosofía y la ciencia que ahora unidas, eran tema de conversación en las plazas públicas y en las redes sociales. Ya casi no quedaban rastros de la antigua organización jerárquica y violenta liderada por los estados nacionales. Tal como se conectan las neuronas en el cerebro, los humanos se organizaban con formas diversas y con múltiples centros, sin ningún tipo de dirección central. Los principios de sintonía y de sincronía se daban sin ninguna dificultad.

Los más viejos recordábamos una época oscura en que había predominado la violencia entre los seres humanos. Con compasión recordábamos  el rostro de sufrimiento en nuestras narraciones históricas.También recordábamos a la gente buena que había ayudado a otras y también a aquellos que con su ciencia,  habían ayudado a la superación del dolor y a superar la injusticia social.

Mediante la manipulación genética, la vida humana se había podido prolongar a cientos de años y se amplió el espectro de los  sentidos humanos por medio de prótesis cada vez más potentes. La especie humana estaba con “plus”, había dado un salto importante en su evolución al superar la violencia y ahora se disponía a llegar a otros mundos, cada vez más lejanos y a la vez más profundos en su conciencia. Se tenía la certeza de que estaba empezando la verdadera historia humana.                    

viernes, 24 de julio de 2020

Mi Amigo el Nadador

Había entrenado natación entre los cinco y los dieciséis años, acumulando muchas medallas y copas, Sin embargo, demasiado entrenamiento y la soledad cuando uno nada, me habían dejado chato. Más adelante me dediqué con bastante intensidad a deportes que me entretenían mucho más.  pool, ping-pong y raquetball.

Luego de más de 20 años sin nadar, en esas vueltas de la vida, me tocó acompañar a mi hija a su entrenamiento de natación. Ahí estaba en la piscina temperada del mismo Estadio en el que había nadado a los 5 años. Con cierta curiosidad y evocando los buenos momentos (que también los hubo), nadé algunas piscinas.

Ya en el camarín observé a un niño de unos 12 o 13 años, delgado, de piel muy blanca,  que se secaba el cuerpo con una lentitud poco habitual. Su  expresión facial era neutra.

De pronto, de la nada, me miró  y con voz grave, modulando lentamente me dijo: “
- Te vi nadar”. 
-¿Ah sí? le respondí con una sonrisa de oreja a oreja mientras mi pecho se inflaba orgullosamente.
- Nadas pésimo!, me dijo con toda calma y claridad.
Apelando a mi supuesta madurez y superando la molestia, le pregunté: 
- ¿Y porqué dices eso?
- ¡Porque no sabes patalear! me dijo alzando un poco el tono de voz.
Ahora si que me sentí retado, pero mi curiosidad pudo más respecto de este personaje y le volví a preguntar: 
- ¿Y cómo se patalea?
- ¡Hay que mover las piernas y tú no las mueves!, dijo ya con un claro tono de enojo.
- ¿Y cómo se mueven las piernas? continué con un  dejo de paternalismo
Mira, las piernas son el motor. Yo te voy a enseñar, acércate.
Aún cuando se trataba de un niño, me sentía intranquilo, así que me acerqué con recelo.
Medio tapado por una toalla empezó a mover las piernas de un modo nada convincente para mi.
Sin muchas ganas de seguir con la conversación, terminé de vestirme y antes de llegar a la puerta, me preguntó: 
-¿Cómo te llamas? 
- Juan, me llamo Juan, respondí… 
- ¿Y tú, cómo te llamas? 
- Cristóbal, me dijo, con un leve tartamudeo. Yo vengo de martes a viernes  las cuatro y media y te puedo enseñar a patalear, me dijo.
- Bueno, …. puede ser, tal vez la próxima semana, le respondí sin atreverme a decirle que no tenía muchas ganas de  encontrarme con él nuevamente.

Por motivos que no recuerdo, no fui a la piscina las siguientes tres semanas, cuando nuevamente, luego de nadar,  me encontré con él en el camarín. Lo miré distraídamente, casi como que no lo conociera y para mi sorpresa, Cristóbal tomó nuevamente la iniciativa al señalarme con el brazo que me acercara.
Me hice el que no entendía y me repitió el gesto varias veces, hasta que no pude hacerme más el tonto. Me acerqué a él tratando de parecer lo más natural posible.
- Sí, ¿dime?, le pregunté amablemente.
- Debo contarte que competí este fin de semana en un campeonato interescolar.
- Ah, qué bien! Y ¿Cómo te fue?
- ¿Cómo que cómo me fue!, exclamó muy molesto elevando la voz. ¡Parece que no entiendes lo que te digo!, volvió a la carga mientras se llevaba las manos a las caderas reforzando su expresión de malestar.

Nuevamente había sucedido: ahí estaba yo, todo amable siendo retado nuevamente por un niño desconocido por algo que no comprendía.
- ¿Por qué me preguntas eso? - continuó - te acabo de decir que el campeonato es el próximo fin de semana!!
- Disculpa!, escuché que el campeonato había sido el fin de semana pasado, el ruido de las calderas me impidió escucharte correctamente.
- No, te dije que será el próximo fin de semana, repitió lentamente.
Un rato después se despidió diciendo:
- Adiós ¿Pedro?, 
- Juan, le dije, me llamo Juan. Adiós Juan.
- Adiós Cristóbal, nos vemos, le dije con un dejo de cariño, en respuesta a su interés en despedirse por mi nombre.

Se trataba de nuestro tercer encuentro. Me sentía particularmente contento ese día. Había nadado 1.000 metros, con ganas y sentía que iba mejorando la velocidad y la resistencia. Me senté en la gradería para secarme y descansar un rato.
Y de pronto lo vi nadando. Le puse atención. La verdad es que no me impresionó su estilo ni su pataleo, más bien que tenía mucho que aprender. Me dio lástima su falta de criterio de realidad.
Otros nadadores veloces dejaban atrás repetidas veces a mi amigo, quien seguía nadando lentamente, dando vueltas y vueltas. Algunos empezaron a jugar y otros se salieron, pero él seguía nadando, siempre lentamente y con su estilo, vueltas y vueltas.
Me acordé de mis cortas conversaciones con él y de su interés por la natación. Recordé también mis diez años de entrenamiento, mi estilo, los premios y mis motivaciones Lo miré y de pronto, me empezó a cambiar la mirada.
Estaba frente a un nadador, pero no frente a un nadador cualquiera que buscaba algún tipo de éxito. Estaba frente a un verdadero nadador. Todo encajó al evocar el cariño con que Cristóbal se refería a la natación. Cristóbal amaba nadar! Nadar era parte de su sentido de vida. Le gustaba el agua, mover los brazos y patalear. Me conmoví fuertemente..

Con la sensación de haber descubierto algo importante, me fui al camarín donde nuevamente encontró algún motivo para retarme. Me dijo que se había ganado dos medallas y que le debían una. Yo ya no experimentaba tensión alguna. Hasta se me soltó una conducta lúdica. Quedamos de mostrarnos las medallas la próxima semana.

Pasaron algunas semanas, meses y años y no volví a ver a Cristóbal. Había escuchado que las personas con síndrome de down viven pocos años. Pensé que tal vez mi amigo Cristóbal ya no estaba en este mundo.

Adiós Cristóbal, gracias por tu amistad. Gracias por enseñarme a mirar con otros ojos.